COATLICUE
ANTECEDENTES
La hallaron el 13 de agosto de 1790, no lejos del palacio virreinal, al remover la tierra, preparándola para recibir el empedrado de la Plaza Mayor de la ciudad de México. La sacaron de allí y la llevaron, primero, al sobredicho palacio, junto a una de cuyas puertas la colocaron; luego la movieron otra vez, para ponerla en un patio de la Universidad.
En ese lugar ocurrió algo que los españoles, al principio, no pudieron entender: los indios, habiéndola reconocido, acudieron a ella.
Los españoles consideraron que lo hacíamos imitándolos, porque a ellos el monumento les parecía interesante; después, al advertir que insistíamos en visitarla, nos prohibieron que lo hiciéramos.
A escondidas, a horas inusitadas, continuamos haciéndolo; le llevamos ofrendas, llamas, flores, copal. Conocieron entonces que nos era objeto de veneración. Se preocuparon por sus posesiones y la salvación de nuestras almas. Volvieron a enterrarla, ahora en la Universidad.
Permaneció allí hasta los años iniciales del siglo XIX, cuando Humboldt vino a México; accediendo a petición suya, la desenterraron otra vez, y otra vez la enterraron cuando él supuso haberla estudiado.
Volvió a estar bajo tierra hasta 1892, año donde por la celebración del IV centenario del llamado Descubrimiento de América, regresó a la luz, entonces para ser exhibida en la Sección de México de la Exposición Histórico-Americana de Madrid.
Una vez devuelta ocupó un sitio escogido en nuestro Museo Nacional, desde cuya puerta era visible en su fundamental importancia.
De allí pasó al lugar en que hasta ahora permanece, en nuestro Museo Nacional de Antropología.